RETAIL · LIDERAZGO · EXPERIENCIA
Del día a día en tienda al coaching: por qué las personas están en el centro
Hubo un momento en el que empecé a preguntarme si el problema era yo. Había presión, faltaban personas y, cuando decía que así era difícil trabajar bien, la respuesta volvía a ser que había que ser más resiliente.
Durante un tiempo dudé. Quizá tenía que hablar menos. Quizá me tocaba adaptarme mejor. Pero algo no encajaba: ¿pedir ayuda o señalar que algo necesita cambiar es no saber afrontar una dificultad?
Lo que me llevo de las tiendas
Mi experiencia en retail, incluida mi etapa en Primark, me ha enseñado mucho sobre el trabajo y sobre las personas. Los objetivos importan. Organizarse importa. Pero también importa cómo pides las cosas, cómo reaccionas ante un error y qué haces cuando alguien te dice que no puede más.
He vivido la presión de intentar sacar adelante el trabajo y de procurar que esa presión no llegara de la misma manera al equipo. Por eso me cuesta separar una conversación sobre resultados de una conversación sobre cómo estamos trabajando.
El puesto no resuelve las conversaciones
Asumir más responsabilidad no hace que de repente sepas delegar, dar feedback o abordar un desacuerdo. Puedes conocer muy bien tu trabajo y encontrarte sin recursos cuando tienes que dirigir a otras personas.
Para mí, liderar se nota en momentos bastante concretos: cuando alguien te contradice, cuando tienes que corregir algo o cuando una persona necesita que reconozcas lo que lleva tiempo haciendo bien. Ahí se construye, o se pierde, la confianza.
Por qué decidí cambiar mi camino
Dejar un trabajo para dedicarme al coaching me dio vértigo. También tenía claro que quería dedicar mi tiempo a acompañar a personas que necesitan pensar lo que están viviendo y encontrar su propia manera de afrontarlo.
No quiero decirle a alguien si tiene que quedarse, marcharse, hablar o callar. Quiero ayudarle a entender qué está intentando proteger, qué necesita y qué decisión puede sostener con coherencia.
De eso quiero hablar aquí
De liderazgo, sí. Pero también de pedir ayuda, de sentirte escuchada, de equivocarte y de revisar lo que dabas por hecho. De esas cosas que pasan en el trabajo y que te llevas a casa aunque ya haya terminado la jornada.
«Llegar a la orilla» tiene que ver con eso: poder parar un momento y mirar dónde estás. No hace falta tenerlo todo resuelto para empezar una conversación.